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| YEISON, MATTEW Y DAVID |
"Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana", dijo el 16 de marzo de1980, pocos días antes de su muerte, defendiendo su mensaje evangélico de que debía cesar la violencia que causaba víctimas entre "los hermanos de aquellos que empuñan las armas".
Monseñor Romero, Un signo de Esperanza.
Definitivamente, marzo es el mes de Monseñor Oscar A. Romero. El Arzobispo asesinado el 24 de marzo de 1980 nos convoca siempre a reflexionar no sólo sobre su pensamiento y obra, sino a valorar y recuperar su legado, en una época distinta a la suya, pero con desafíos igualmente importantes e impostergables en estos tiempos de enfermedades y desesperanza (Covid-19).
Ciertamente, de Monseñor Oscar Romero se
pueden decir muchas cosas. Y la más radical es que Mons. Romero es lo más
importante que le ha sucedido a El Salvador en el siglo XX. Peor para quienes
no quieren o no pueden por su ceguera ideológica o por su ignorancia darse cuenta
de ello. Peor para quienes no quieren o no pueden darse cuenta de lo terrible
que fue su asesinato.
Los valores de Mons. Romero
Desde el asesinato de Monseñor Oscar Romero,
el 24 de marzo de 1980, este mes se ha convertido, año con año, en un espacio
para la reflexión, el recuerdo y la actualización del legado del Arzobispo
mártir. Se trata de un legado, el suyo, rico en implicaciones de todo tipo:
socio-políticas, históricas, educativas y morales.
Creo necesario y urgente reflexionar sobre los
valores que Mons. Romero abanderó y que marcaron su desempeño como Arzobispo de
San Salvador en los convulsivos años setenta hasta su muerte, en marzo de 1980. Los valores en Mons. Romero, es una
preocupación por el deterioro de referentes morales fundamentales que acusa
nuestra sociedad, en sus diferentes ámbitos privados y públicos.
Y es que los valores de Monseñor Romero que me interesa destacar son esos valores fundamentales de su que hacer como pastor y como ciudadano consciente de sus obligaciones en un país atravesado por graves conflictos y desigualdades socio-económicas.
Conciencia de las propias obligaciones ante los demás.
Este es el primer valor que yo veo en Mons. Romero. Los valores son un asunto de conciencia, es decir, de convicción íntima acerca de lo que es bueno y malo, humano e inhumano. Poseer la convicción de que estamos obligados ante los demás sus problemas, necesidades, miserias constituye un valor de primera importancia. Un valor que Mons. Romero poseyó sin lugar a dudas y que se tradujo en una praxis de compromiso con los otros.
La dignificación de los otros, especialmente de las víctimas de abusos de los poderosos.
La obligación con los demás (con los otros) tuvo
en Mons. Romero una clara dirección: trabajar por su dignificación, lo cual
suponía un compromiso con su humanización. Mons. Romero privilegió, en su labor
humanizadora, a quienes eran violentados en su humanidad por estructuras de
poder injustas y excluyentes. No es otro el sentido de la expresión “opción
preferencial por los pobres” que Mons. Romero –inspirado en Medellín y Puebla hizo
suya y tradujo a la realidad salvadoreña.
La búsqueda de coherencia entre la palabra y la acción.
Nada más difícil que esa coherencia, sobre todo en
los tiempos actuales cuando está de moda obrar de espaldas a lo que se predica.
Mons. Romero se esforzó por hacer que su predicación sobre la dignificación de
las víctimas no fuera sólo retórica, sino que su quehacer pastoral estuviera en
sintonía con aquélla. Eso tuvo costos para él, siendo el mayor de ellos la
pérdida de su vida. Y es que la coherencia entre palabra y acción, cuando ambas
apuntan a lograr una mayor justicia, está mal vista por los poderosos de todos
los tiempos. Por el lado contrario, la incoherencia es bien vista y, más aún,
es fomentada a través del chantaje y los favores económicos y políticos.
Mirar la realidad del país desde quienes están en peor situación, es decir,
desde las víctimas.
Lo normal en la época de Mons. Romero (y en la
nuestra) es que desde los círculos
de poder económico, político y religioso la realidad se viera desde quienes estaban en la cima de la pirámide social.
Mons. Romero hizo lo opuesto y
desafió a los poderosos a que miraran a las víctimas y que desde ellas juzgaran al país que teníamos.
Por supuesto que no lo hicieron; pero Mons.
Romero lo hizo y su juicio fue severo: El Salvador estaba edificado sobre
la miseria y la exclusión de la
mayor parte de sus miembros. El país construido desde los intereses de los poderosos era un país inhumano.
Enjuiciar la realidad nacional con una palabra firme y clara.
En nuestro
tiempo otra de las modas es la ambigüedad en lo que se dice, no sólo para ser
“políticamente correctos”, sino para quedar bien con todos y que nadie pueda
reprocharnos una expresión ofensiva o cuestionadora. En tiempos de Mons.
Romero, la moda no era la ambigüedad en lo que se decía, sino la proclamación
contundente de mentiras sobre la pobreza, la violencia y la injusticia. Mons.
Romero, a sabiendas de que afirmar lo contrario a lo proclamado por los poderes
de turno era peligroso, lo hizo. Sin ambigüedades, llamó a las cosas por su
nombre y lo hizo de tal forma que todos entendieron lo que quería decir.
Por último, no ambicionar poder y riquezas.
No se tiene que perder de vista que Mons. Romero
estuvo la cúspide del poder católico nacional. Desde ahí, el acceso a bienestar
material, privilegios, bienes y demás cosas que simbolizan una vida placentera
estaban al alcance de su mano. Lo más fácil y que pocos hubieran visto mal era
optar por los privilegios del cargo y trabajar por escalar más en la jerarquía
de poder eclesial internacional. Pero este buen hombre no hizo eso; no pensó
que tener riquezas, privilegios y poder fueran una opción de vida para él. No
sé cómo verán a Mons. Romero quienes creen que lo que se tiene que buscar en
cualquier cargo público es la acumulación de riquezas, pero desde un punto de
vista ético su lección es mayúscula: envidiar a los ricos y querer ser como ellos
no es bueno ni recto, pues eso es una bofetada a quienes –una mayoría de salvadoreños viven en la miseria y en la exclusión.
En definitiva, Mons. Romero fue un hombre de
sólidos valores humanos y humamizadores. Los valores de él que he destacado nos
son ajenos o por lo menos sólo son cultivados por un puñado de gente de buena
voluntad, gente a la que se suele ver como idealista, ingenua y al margen del
pragmatismo imperante hoy en día. Sin embargo, de lo que se trata es de
reivindicarlos como algo necesario para construir una mejor sociedad, en la
cual el oportunismo y el aprovecharse de los demás sea algo inaceptable en la
conciencia de cada cual.
NSINGA., Robert, Mccj

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